El beneficio con sangre llega

(Gestión indirecta, parte 1)

Mucho se ha escrito, y se seguirá haciendo, sobre la privatización de los servicios públicos y sus consecuencias, y seguramente no sea yo el que arroje nada nuevo sobre este asunto, pero sí quisiera hacer hincapié en algún aspecto.

Muchos son los sectores de los que se hacen cargo la comunidad y los ayuntamientos, tales como jardinería, limpieza, seguridad, educación, sanidad, servicios sociales… Pero que cada vez en mayor número, se dejan en manos de la cínicamente llamada “gestión indirecta”.

Creo que no es necesario explicar mucho para ver la ausencia moral que se desprende de este hecho, tanto por parte de las entidades públicas, como las privadas. Las primeras, ya que sacan a concurso estos servicios, por no velar porque las condiciones de los contratos sean mínimamente decentes ya que, en muchos casos, las personas que van a ser empleadas lo hacen con unos contratos esclavizantes que implican horarios intensos y variables, y poco sueldo. Y las segundas, por sacar altos beneficios de cubrir necesidades básicas y, en muchos casos, derechos universales de la ciudadanía. En este último caso, la bajeza moral les viene ya de serie, por su propia naturaleza. Como empresas que son, han de sacar tajada de donde sea y como sea, tanto a costa de las instituciones públicas (supuestamente, de las más seguras para cobrar por los servicios prestados), como de las personas a las que contratan convirtiéndolas en mileuristas, si llega.

¿Pero y en el caso de las autoridades elegidas a través de las urnas? ¿No se supone que se les pone ahí para protegernos, y no exclusivamente para que nuestras villas estén hermosas y lucidas? Al menos, es lo que a mí me enseñaron en la escuela cuando me hablaban de democracia. Pero mi experiencia laboral, y la de mucha de la gente que me rodea, me lanza un mensaje bastante distinto a esa teoría escolar. Por lo que parece, la preocupación que ocupa a nuestra representación popular es que se cubran nuestras peticiones o reclamaciones pero al menor precio posible, de ahí que las calificaciones técnicas para quienes se presentan a estos concursos públicos se basen en criterios ampliamente economicistas, y no en las condiciones laborales que puedan ofrecer y los resultados del trabajo realizado. En definitiva, calificaciones muy cuantitativas y poco cualitativas, aprovechándose también de la buena intención y la necesidad de la gente que lleva a cabo estas funciones.

Es bastante evidente, que en tiempos de crisis, en los que un amplio sector de la población ha sufrido largos periodos de paro, mucha gente se adhiere a cualquier tipo de contrato, a pesar de las muchas consecuencias negativas que les pueda suponer, tanto a nivel personal, como familiar, social, económico… Además, estas personas, se desarrollan siempre al máximo posible por dos aspectos principales. El primero, por el resto de la ciudadanía que va a disfrutar del trabajo que realizan, y el segundo, porque esa angustia que les ha generado el amplio periodo de desempleo, les lleva a soñar con que si lo realizan lo mejor posible, rápidamente se les volverá a contratar, planteamiento tristemente alejado de la realidad, que se sigue basando únicamente en necesidades económicas, de beneficio. Cuando les hagamos falta, nos echarán de comer, mientras tanto, a vivir del aire.

Si, como se ve, no pretenden sacar plazas públicas para cubrir estos servicios, bien podrían resarcirse un poco añadiendo ciertas condiciones a esos concursos públicos que sacan. Por ejemplo, añadiendo ciertas cláusulas que dejaran bien claro que las condiciones contractuales no pueden bajar de determinados límites, que el sueldo base no fuera inferior a ciertas cantidades, los horarios, en función del servicio, no pudieran rebasar ciertos límites, etc. Vamos, una serie de mínimos que velaran por el interés de las personas, y no de la economía, que digo yo, que debiéramos ser las importantes en todo este juego de estrategias.

Al final, quienes nos gobiernan, han conseguido que dejemos de ser pueblos, o comunidades (o el nivel que quieran alcanzar), para convertirnos en mini empresas públicas a las que debemos prestar la mejor de nuestras caras y versiones, para así sacar a costa de nuestro sudor, el mayor beneficio posible. El nuevo lema de quien nos dirige parece ser “el beneficio, con sangre llega”.

Un comentario sobre “El beneficio con sangre llega

  • el agosto 1, 2017 a las 6:57 am
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    ¿ Qué pasaría si toda la corporación municipal estuviese contratada por una empresa de ” gestión indirecta ” ?

    Respuesta

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