El sitio al sistema público

(Gestión indirecta, parte II)

Hay una estrategia muy antigua que se ha venido utilizando a lo largo de la historia para acabar con el bando contrario al que se quiere eliminar y someter. Se trata simplemente de saquearlo, si es posible, y si no sitiarlo para así debilitarlo y hacerle claudicar.

Hay numerosos ejemplos de esta estrategia en las luchas de los pueblos que han habitado y se han enfrentado entre sí en los distintos continentes. Si echamos un vistazo a Europa, encontramos el asedio y saqueo a la ciudad de Roma por los senones en torno al año 390 a. c.; estrategia que luego utilizaron los propios romanos para acabar con la resistencia gala liderada por Vercingetórix; y como ejemplos más recientes y cercanos podemos ver el sitio de Bilbao durante las tres Guerras Carlistas, o el de Madrid durante la Guerra Civil.

Pues bien, lejos de haber aprendido la lección que dejaron los múltiples ejemplos que la historia nos ha legado con las drásticas consecuencias que suponen este tipo de estrategias, tanto a nivel social como estatal entre otros, parece ser que los grandes partidos que hoy nos dirigen han decidido seguir con esta dinámica. Si profundizamos un poco más en lo que la, mal llamada, gestión indirecta supone, es fácil hacer ciertas similitudes.

En mi último artículo hablaba de la bajeza moral que supone hacer un plan basado exclusivamente en criterios económicos para cubrir determinados servicios básicos destinados a cubrir las necesidades de la ciudadanía y los derechos tan fundamentales como universales, más aún cuando hay personas y entidades que sacan beneficios económicos a costa de ellos. Parecería que esta bajeza moral no pudiera ir a más, pero de nuevo la realidad supera no solo a la ficción, sino a nuestros peores presentimientos y temores. Esas condiciones laborales que no se están cuidando mínimamente y que lo único que favorecen es el esclavismo y la lucha feroz entre iguales (en tiempos de hambre cualquiera mata por un mendrugo de pan, y tiempos de hambre es lo que están generando con sus políticas laborales), tienen consecuencias que van más allá de generar pobreza y situaciones de necesidad.

El hecho de que nos ofrezcan jornadas laborales interminables, con cambios de turno, cada vez más exigencias y sueldos más irrisorios, lógicamente provoca que las personas empleadas vivan en tal situación de desajuste y angustia que están continuamente buscando soluciones a su precaria situación. Esto puede lograrse de varias maneras. Una de ellas es el pluriempleo. Si tengo dos o tres trabajos, mejoro mi situación económica, aunque sea a costa de perder una parte fundamental de mi persona, la social y familiar. Otro de los caminos para lograrlo, es la búsqueda continua de un empleo mejor, con mejores condiciones laborales y económicas.

El caso es que, tanto en un caso como en el otro, la consecuencia es el debilitamiento de los servicios públicos prestados. Es fácil entender que una persona pluriempleada, aunque le ponga el mayor de los empeños en cada labor que realice, al llevar un alto ritmo de trabajo y no poder disfrutar plenamente de su parte social y familiar, llegue a ciertos puntos de agotamiento, por lo que no pueda estar al cien por cien en su puesto de trabajo. Si la decisión que toma es buscar otro empleo, ese puesto que deja vacante será ocupado en muchas ocasiones por una persona nueva, con poca experiencia, que necesite un periodo de adaptación al mismo, prestando un servicio inferior al de la persona que se marchó, que cuando alcance el nivel anterior, buscará otro empleo mejor por estar quemada a causa de su escasa valoración y compensación, volviendo a comenzar el ciclo de adaptación al puesto.

Este es el plan perfecto para quienes pretenden sacar tajada de nuestras necesidades y derechos. Si las condiciones no son buenas, generan una continua y excesiva movilidad de personal, con las consecuencias que ya he comentado, debilitando y desprestigiando así el sistema público. Esto, es el sitio a las estructuras básicas de nuestro Estado de Bienestar, a nuestras necesidades básicas, a nuestros derechos fundamentales. Que cada cual extraiga sus conclusiones acerca de la moralidad de quien nos gobierna.

Alex Kata O. B

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